La vida cambia, la gente cambia, de tal modo en que uno puede arrepentirse en la tarde de algo que haya dicho en la mañana de ese mismo día. En arrepentirse de haber tomado una decisión que pensó, era la correcta, la mejor, la que iba abrirte puertas. Si, las abrió, pero puta que cerró otras tantas, y dejó puertas trancadas, unas entrecerradas, otras en donde es mejor pasarse por la ventana, y esa en la que te pegan un portazo en la nariz justo cuando estas entrando.
Aún así hay cosas que nunca cambian, o que parecen no cambiar, pero la verdad es que también lo hacen; cambian sincronizadas a tus cambios. Como ir a tomarse unas chelas con tus viejos amigos del colegio, aún cuando tu te hayas ido, hayas elegido otro destino, ellos cambian contigo. Así como dejas a tu hermano de lado, buscando otra felicidad, tu hermano no te abandona, sigue tus pasos, ingenuamente, con el miedo de decirle que estás arrepentido del camino que tomaste, sólo para que el no se sienta arrepentido ...aunque eso ya es muy especifico, a quien le pasaría algo así?
El mundo parece seguir igual, miro por la ventana y veo los mismos árboles, la misma brisa que los mueve, la misma puesta de sol, pero con cada puesta de sol, el día termina diferente. Es que los cambios van mas allá de lo evidente y a pesar de ver mi cama igual que siempre, a veces hecha, a veces deshecha, sé que ya no la uso para lo mismo. Y aunque veo mi pieza igual que antes, las cosas que hay ya no significan lo mismo para mi.
Y tantas cosas que puedo pensar en los cinco minutos que me dura el cigarro.